EL PERRO PRISIONERO
domingo, 10 de agosto de 2008 by xicalo
(Sin fecha)
Dedicatoria: En recuerdo cariñoso a “Chispa”, un perro palleiro cruce con lobo, que vivió anhelando cariño, y murió triste y con poco amor.
–Relato veraz-
Fue una tarde de verano, creo que del año 1.997, cuando llegué a Mondariz Balneario.Era media tarde, y se notaba el calor, subiendo la cuesta de Los Subacos. Al llegar a la cima, allí estaba la casa del Sr. Seijo, Antonio “El Capitán” era su apodo (Q.E.P.D.). Había sido siempre una buena persona y lo recuerdo con afecto sincero, cantero de profesión de los buenos y muchos años músico de la Banda Municipal del pueblo.
No había nadie, la casa estaba cerrada, y su hija Esperanza y la demás familia estaban ausentes. Se sentía el silencio en el lugar. Un gato paseaba frente a la puerta, indiferente, y al fondo, donde se va para las fincas, observé un perro grande, de mediana edad, sujeto por una cadena de hierro que pendía de una argolla sujeta a la inmediata pared de piedra de la casa abandonada que había sido del Sr. Arturo, ya fallecido. Entré en ese lugar abierto y solitario, y vi de cerca al perro, que estaba en una actitud tranquila, tumbado, el cual al llegar a su lado se levantó curioso y me miró con sus ojos brillantes y curiosos. Su mirada inteligente se comunicó con la mía. Su mensaje era claro, si, lo sentí como si me estuviera hablando. Me suplicaba que lo soltase, quería LIBERTAD.
Acercándome más a él, le pregunté ¿No me vas a morder? Su tranquilidad me dio confianza, le toqué la cabeza, acariciándosela con mi mano y se dejó, complacido. No cabía duda alguna, deseaba que lo soltase, descubriendo también mi deseo de darle libertad.
No era fácil, porque carecía de collar, que lo sustituía la cadena, la gruesa cadena de hierro enrollada a su cuello. Con mucha paciencia y suerte, más que habilidad, conseguí después de varios intentos fallidos, por fin dejarle libre.
Su reacción no la esperaba; al sentirse liberado de la cruel cadena, fue que de repente empezó a dar grandes saltos de contento y, en uno de ellos, con su hocico húmedo rozó mi cabeza. A continuación, después de estas extraordinarias muestras de contento y alegría, inició una rápida carrera por el camino que lleva al antiguo Asilo y desapareció de mi vista. Me pareció que se dirigía al río Tea.
Me quedé solo y algo sorprendido de lo que había hecho, con un leve sentido de culpa, diluida por la alegría que sentía, recordando las palabras del escritor ruso Fedor Dostoievski que dijera que todo hombre es responsable ante los demás. Yo humildemente agrego: y ante uno mismo.
Pasaron unos tres meses de estos acontecimientos; volví a Mondariz Balneario. Subí a pié la cuesta de Los Subacos y allí, delante de la casa, estaban varias personas, en grupo, charlando de pié, y escuchándolas y hablando también con ellas, Esperanza, sentada en un largo banco de madera, la cual, al verme, se levantó y me recibió como solía hacerlo siempre, con sonrisas y cariño.
A los pocos momentos apareció el perro CHISPA, que venía de dentro de la finca (andaba suelto) y al verme su explosión de alegría fue emocionante. No paraba de dar saltos de alegría a mi alrededor.
Su dueña, al verlo de esta manera, comprendió el porqué de esta alegría del animal, y me espetó sin rencor “¡ah, fuches ti o que soltara o can!”
Epílogo 7 años después. Gracias Esperanza Seijo, por no haber tenido nunca más el perro atado.
Dedicatoria: En recuerdo cariñoso a “Chispa”, un perro palleiro cruce con lobo, que vivió anhelando cariño, y murió triste y con poco amor.
–Relato veraz-
Fue una tarde de verano, creo que del año 1.997, cuando llegué a Mondariz Balneario.Era media tarde, y se notaba el calor, subiendo la cuesta de Los Subacos. Al llegar a la cima, allí estaba la casa del Sr. Seijo, Antonio “El Capitán” era su apodo (Q.E.P.D.). Había sido siempre una buena persona y lo recuerdo con afecto sincero, cantero de profesión de los buenos y muchos años músico de la Banda Municipal del pueblo.
No había nadie, la casa estaba cerrada, y su hija Esperanza y la demás familia estaban ausentes. Se sentía el silencio en el lugar. Un gato paseaba frente a la puerta, indiferente, y al fondo, donde se va para las fincas, observé un perro grande, de mediana edad, sujeto por una cadena de hierro que pendía de una argolla sujeta a la inmediata pared de piedra de la casa abandonada que había sido del Sr. Arturo, ya fallecido. Entré en ese lugar abierto y solitario, y vi de cerca al perro, que estaba en una actitud tranquila, tumbado, el cual al llegar a su lado se levantó curioso y me miró con sus ojos brillantes y curiosos. Su mirada inteligente se comunicó con la mía. Su mensaje era claro, si, lo sentí como si me estuviera hablando. Me suplicaba que lo soltase, quería LIBERTAD.
Acercándome más a él, le pregunté ¿No me vas a morder? Su tranquilidad me dio confianza, le toqué la cabeza, acariciándosela con mi mano y se dejó, complacido. No cabía duda alguna, deseaba que lo soltase, descubriendo también mi deseo de darle libertad.
No era fácil, porque carecía de collar, que lo sustituía la cadena, la gruesa cadena de hierro enrollada a su cuello. Con mucha paciencia y suerte, más que habilidad, conseguí después de varios intentos fallidos, por fin dejarle libre.
Su reacción no la esperaba; al sentirse liberado de la cruel cadena, fue que de repente empezó a dar grandes saltos de contento y, en uno de ellos, con su hocico húmedo rozó mi cabeza. A continuación, después de estas extraordinarias muestras de contento y alegría, inició una rápida carrera por el camino que lleva al antiguo Asilo y desapareció de mi vista. Me pareció que se dirigía al río Tea.
Me quedé solo y algo sorprendido de lo que había hecho, con un leve sentido de culpa, diluida por la alegría que sentía, recordando las palabras del escritor ruso Fedor Dostoievski que dijera que todo hombre es responsable ante los demás. Yo humildemente agrego: y ante uno mismo.
Pasaron unos tres meses de estos acontecimientos; volví a Mondariz Balneario. Subí a pié la cuesta de Los Subacos y allí, delante de la casa, estaban varias personas, en grupo, charlando de pié, y escuchándolas y hablando también con ellas, Esperanza, sentada en un largo banco de madera, la cual, al verme, se levantó y me recibió como solía hacerlo siempre, con sonrisas y cariño.
A los pocos momentos apareció el perro CHISPA, que venía de dentro de la finca (andaba suelto) y al verme su explosión de alegría fue emocionante. No paraba de dar saltos de alegría a mi alrededor.
Su dueña, al verlo de esta manera, comprendió el porqué de esta alegría del animal, y me espetó sin rencor “¡ah, fuches ti o que soltara o can!”
Epílogo 7 años después. Gracias Esperanza Seijo, por no haber tenido nunca más el perro atado.
Nunca imaginé que Antonio guardase tantos tesoros escondidos en su corazón.