ME DUELE MONDARIZ
martes, 9 de octubre de 2001 by xicalo
Con cariño, y con nostalgia optimista
ME DUELE MONDARIZ
Porque en su pequeño cementerio reposan y duermen el sueño eterno muchos amigos y amigas, y mi joven hermana mayor, la que cuando yo era un niño me cataba la cabeza y mataba algún que otro piojo que descubría hurgando en mi cabello infantil.
Y POR OTRAS MUCHAS COSAS MÁS
Porque en la Cuesta de los Subacos, en mi sueño infantil, un anochecer me subió D. Quijote a Rocinante, y raudos nos elevamos por el aire y volamos sobre el Castillo de Villasobroso, dando giros concéntricos sobre su airosa Torre y almena, hasta posarnos en ella. Detrás nos seguía el rucio, el sabio Rucio de Sancho Panza, que sufría el cosquilleo del rabo de Rocinante, que en un aleteo intencionado le acariciaba el hocico, y me guiñaba malicioso su ojo izquierdo.
OOOOO
Porque el Padre Huidobro, Jesuita piadoso preocupado por el hambre y el frío de los niños desvalidos que acudían a su Catequesis debajo de los soportales de la Villa de París, les repartía panes y leche, y calzado para sus pies desnudos.
OOOOO
Por el Gran Hotel quemado, que dejó sin el sonido de las campanas nítidas, de las horas, el tiempo detenido del Gran Reloj, que se escuchaban en el río, en el monte, en las casas y en los campos de labranza, y marcaban el quehacer diario del pueblo, de día y de noche.
OOOOO
Por Enrique Peinador Vela, que triste y sentado en su gran estatua, con las mantas que no le evitan el frío de la memoria, pensativo, reflexiona, cavila y nos quiere decir cosas, muchas cosas, que nosotros tenemos que adivinar. Con cariño, y con nostalgia optimista...
...ME DUELE MONDARIZ
Porque en su pequeño cementerio reposan y duermen el sueño eterno muchos amigos y amigas, y mi joven hermana mayor, la que cuando yo era un niño me cataba la cabeza y mataba algún que otro piojo que descubría hurgando en mi cabello infantil.
Porque en la Cuesta de los Subacos, en mi sueño infantil, un anochecer me subió D. Quijote a Rocinante, y raudos nos elevamos por el aire y volamos sobre el Castillo de Villasobroso, dando giros concéntricos sobre su airosa Torre y almena, hasta posarnos en ella. Detrás nos seguía el rucio, el sabio Rucio de Sancho Panza, que sufría el cosquilleo del rabo de Rocinante, que en un aleteo intencionado le acariciaba el hocico, y me guiñaba malicioso su ojo izquierdo.
Porque el Padre Huidobro, Jesuita piadoso preocupado por el hambre y el frío de los niños desvalidos que acudían a su Catequesis debajo de los soportales de la Villa de París, les repartía panes y leche, y calzado para sus pies desnudos.
Por el Gran Hotel quemado, que dejó sin el sonido de las campanas nítidas, de las horas, el tiempo detenido del Gran Reloj, que se escuchaban en el río, en el monte, en las casas y en los campos de labranza, y marcaban el quehacer diario del pueblo, de día y de noche.
Por Enrique Peinador Vela, que triste y sentado en su gran estatua, con las mantas que no le evitan el frío de la memoria, pensativo, reflexiona, cavila y nos quiere decir cosas, muchas cosas, que nosotros tenemos que adivinar. Con cariño, y con nostalgia optimista...