PERDONADA, BENITIÑA

La vida no es el bien
ni el mal, sino
simplemente
el escenario del bien
y del mal
SENECA



Era menudita, sola y sin familia, temerosa de Dios y de las personas. Se movía con la humildad del perro apaleado, como suplicando paciencia y perdón.

Desde muy jovencita había entrado a trabajar de muchacha en casa de la Señora. Y cuando ya la mucha edad la hizo inservible para las labores domésticas y de la finca rústica, se había acogido a la benevolencia de su Señora, que si bien le retiró las diez pesetas mensuales que le daba de salario, la compensó manteniéndola en casa gratuitamente, en un elevado gesto de benevolencia y generosidad, salvándola del frío y triste asilo.

Pero ¡ay!, era ya un mueble viejo que no se podía tirar en el desván, y la pobre trataba por todos los medios de estorbar lo menos posible en aquella casa, donde la nueva criada, Amilana, la veía de reojo, con un desdén no exento de burla y crueldad, y la marginaba todo lo que podía enviándola a las esquinas. La pobre Benita vivía en un constante temor, y sólo la oportunidad de la llegada de su Señora, evitaba algunas veces que recibiese un empujón o una bofetada.

Visitaba de vez en cuando aquella casa un sobrino de la Señora, un chico espabilado y vivaz, de sólo ocho años, que se percató enseguida de la situación humillante en que vivía Benitiña, como la llamaba cariñosamente, a la que ayudaba en todo lo que podía, y en el que encontraba la viejecita un amparo, una comprensión y una amistad.

Un día que el niño llegó de visita, la encontró más triste que nunca, y como siempre lo hacía, fue a hurtar a su tía en la despensa una copita de aguardiente, que llevó amoroso al bajo de la casa, donde escondida detrás de una gruesa puerta de madera, esperaba ansiosa Benitiña el agua de fuego para aquel débil cuerpecito necesitado de calor.

Volvió muchas veces, y se repetía siempre el mismo suceso. Era como un pacto secreto, no hablado ni escrito, de amistad espontánea, y un complot urdido sin premeditación; en una leal colaboración de amor humano entre un niño que empezaba a conocer la crueldad de la vida, y una viejecita que, antes de irse, se encontró con un asidero en forma de niño avispado porque nunca fue descubierto.

Los ojos de Benitiña resplandecían de contento, de alegría, cuando veía llegar la visita de aquel niño, sobrino de su Señora, que siempre sabía encontrar la ocasión más propicia para irle a buscar la copa de aguardiente.

Y una tarde, de las muchas que lo vio llegar, esta vez le dijo muy solemne, con emoción y humildad, cogiéndole sus manos: “señorito, si la próxima vez que veña eu non estou eiqui, perdóneme”.

Y llegó la próxima vez: al cabo de algunos meses volvió el niño y al no ver a Benita, preguntó por ella.

Atilana, con una mal disimulada sensación de pena, le dijo que se había muerto hacía unos diez días.

El niño se fue al cementerio rústico cercano y, ante su tumba de tierra en cuya cabecera se alzaba un madero en forma de cruz, sintió una sensación de pena, de vacío, de soledad, y por sus mejillas empezaron a descender y a deslizarse unas tibias lágrimas que fue incapaz de evitar

Y, al irse, mirando la tumba donde por fin había encontrado su cuerpo un reposo eterno, la sintió muy cercana, y la dijo: Perdonada, Benitiña.

CARA SUCIA

El sólo no hacer bien ya es un gran mal.
San Francisco de Sales

Con una apariencia de joven prematuramente envejecido, aquel simpático hombre desco­nocido, con cara de sentirse feliz y con un marcado aspecto de bohemia, vestido con un traje impecable, de tela donde se adivinaba la buena calidad, pero ya deslucido un poco por el tiempo que no perdona, todavía aún transmitía un aire de esplendor que debió ser brillante.
Parecía como salido por la fantasía del pensamiento de las viejas tapas de cartón de un li­bro muy antiguo en figura de trovador medieval, aunque en sus manos llevaba un viejo laúd, del que empezó a salir una dulce melodía que acompañaba a su canto, de voz hermosa, pro­funda y armoniosa:

Cara sucia, cara sucia, cara sucia,
que has venido con la cara sin lavar,
esa cara tan bonita y picarona
que refleja una pasión angelical.

Si tu cara fuera espejo de mi alma,
siempre limpia la tendrías que llevar
y mis labios serian la fuente
donde. tu cara se tendría que lavar.

Se trataba, como veis, de una canción sencilla. de un amor ingenuo, y allá un poco más lejos tronaban los cañones.
Benito Mussolini invadía Abisinia masacrando a las débiles tropas del Emperador Negús.
La ley del más fuerte, la ley de la selva. Era un tiempo crucial en la historia de la injusticia humana, de la ausencia de la ética y de mínimos principios morales humanos. Era el tiempo en que las manecillas del reloj de la Historia se iban deteniendo, con el grave peligro de que girasen hacia atrás.

El prematuro viejo trovador no oía los cañones y seguía feliz con su melancólica melodía:

Anda y lávate la cara
en la fuente del amor
y que el brillo de tus ojos
alumbre siempre
tus labios rojos.

Anda y lávate la cara
en la fuente del amor,
que hasta el mismo San Antonio pecaría
cara sucia, cara sucia,
confesándote mi amor.

Quiero creer que el Bohemio Trovador, con canas ya pero con manos aún firmes, siga ta­ñendo su viejo laúd cantando a la cara de su amada viejas y nuevas canciones de amor. Por­que el amor, hoy día de San Valentín, día de los enamorados, también se hace cuando se can­tan canciones alegres y tristes, se ayuda a un ciego a cruzar la calle, se respeta a la mujer, al niño, al hombre, se consuela al triste, se trata con humanidad al empleado, se hace feliz a la esposa, se mira cara a cara ya los ojos, se da la mano con efusión y no se olvida nunca aquel viejo proverbio que 1e dice: No hagas a los demás lo que no quieras para ti.