CUANDO EL SUEÑO ES VIDA

He visto ayer a D. Quijote con el yelmo de Mambrino o la bacía del barbero colocada sobre su cabeza.

Iba conduciendo un SEAT 124 matrícula de Madrid. Llevaba a su lado al bachiller Sansón Carrasco, y detrás iba Sancho Panza fumando un cigarrillo habano.

Se paró el coche en la esquina de la calle Magallanes al verme a mí detenido en la acera. Don Quijote se quitó el yelmo con un gesto de saludo y me invitó a que subiera. Al acercarme, Sancho Panza abrió la puerta y me introduje dentro, sentándome a su lado.

No olía a ajos ni a cebollas; me pareció bien que hubiera seguido el consejo de su amo. Dentro del coche se respiraba un grato ambiente de serenidad.

Los cristales del coche eran normales; al menos lo parecían; sin embargo, algo raro ocurría dentro. La luz al atravesarlos transformaba el color, convirtiéndolo en un amarillo sepia.

Ya podréis imaginaros la emoción que me embargaba. No podía creer lo que me sucedía. Notaba que mis pulsaciones iban en aumento. De improviso me tranquilizó oír la voz grave y enérgica de D. Quijote, una voz culta, que me pareció haber oído antes:

“Te conozco, muchacho, y por eso te he invitado a subir. Quiero que vengas con nosotros a Puenteareas. Allí cerca existe un Castillo y en su plaza de armas te nombraré Caballero Andante. Serán tus padrinos Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco.

Ya habíamos rebasado Puxeiros y notaba que el coche se deslizaba por la carretera a una velocidad cada vez mayor. Al llegar a la curva conocida por “la vuelta de la gallina” ya no me quedó ninguna duda que sería imposible tomarla sin volcar. Y sucedió lo inesperado y deseado: el coche, impulsado por una velocidad increíble, al dejar el pavimento se elevó sobre los pinos y siguió en línea recta. A los pocos momentos vimos debajo nuestro la airosa figura del Castillo de Villasobroso, momento en que el turismo perdió velocidad y empezó a perder altura, y en círculos concéntricos, cada vez más cerrados, se fue deslizando hacia abajo, hasta quedar posado encima de la chimenea de piedra del Castillo.

Asustado, miré a mi alrededor y no vi el coche; éste se había transformado en Rocinante, el cual, moviendo el cuello hacia mí, me hizo un guiño con el ojo izquierdo. Detrás de mí estaba el Caballero de la Triste Figura que posaba sus manos en mi cintura, y a continuación Sansón Carrasco, y por último Sancho Panza, que orgulloso sujetaba la cuerda a la que estaba unido “el Rucio” que flotaba en el aire satisfecho, al menos lo parecía, esquivando la cola de Rocinante que, moviéndose una y otra vez como si de la de un perro ser tratase, le iba haciendo cosquillas en la narices.

La tarde había desaparecido y una espléndida luna llena nos iluminaba radiante.

PUENTEAREAS "CANTO A LA VILLA"






Puenteareas, Puenteareas
Río Tea
Montes de la Picaraña,
Canedo, Arcos, Areas,
San Roque y Puente Romano
que "coqueto" se proyecta ...
en las aguas, más abajo.


Piedra del equilibrio
Peña de los enamorados
Puenteareana de ojos negros
de mirada encantadora
¡Dime que ya no estás triste!
¡Dime que ya nunca lloras!
Porque estás enamorada
de las flores y las moras
y te lavas con fiunchu
las mañanas San juaneras
y escuchas...

Escuchas el pasodoble

¡¡ Puenteareas !!

¡¡ Puenteareas !!